4 de septiembre de 2012

Setecientos treinta días.

Me viste, te miré, nos miramos durante un periodo de tiempo que aún recreo en mi cabeza a pesar de la oscuridad, las copas de más y la fiesta del lugar. ¿Cómo es posible que aún lo recuerde a la perfección cuando tú para mí por aquel entonces no eras nada? Será que mi memoria estaba sobre aviso y sabía que ibas a terminar doliendo tarde o temprano. 

La forma en la que te mire, esa fue la principal culpable de que hoy esté escribiendo esto. Te quedaste prendado y pensaste "esa chica tiene que ser mía", y a partir de entonces hiciste todo lo posible y más por tenerme a tus pies. No fue un camino fácil, lo sabes. Te costó tiempo y sudor conseguir sólo compartir un rato de risas y cerveza,  a la siguiente vez te llevaste parte de lo que tanto ansiabas, poco a poco me fuiste consiguiendo hasta que meses después, muchos meses después, me tuviste completamente a tus pies diciéndote lo enamorada que estaba de ti mientras me dolía el corazón de quererte tanto como te quería. 

Setecientos treinta días han pasado ya y hace sólo trescientos sesenta y cinco estábamos disfrutándolo de la mejor manera posible: juntos y con la mejor música en directo. 
Posiblemente ni te acordarás, ni te habrás fijado en el calendario, pero setecientos días después estoy deseando lo mismo que tú deseaste aquel día, pero al contrario que tú, yo no lo volveré a conseguir, aunque el hecho de saberlo no vaya a derrotar todo lo que aún eres en mí

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