¿Sabes de esas veces en las que experimentas una serie de sensaciones que te encantan? Las cuales, no quieres perder por nada del mundo. Y no hablo sólo de una, si no de unas cuantas. Te dan la vida, te hacen reír más alto, te erizan la piel por segundos, y te hacen desear con todas tus fuerzas.
Todas mis sensaciones favoritas se han quedado a más de 2000 kilómetros de distancia.
Echo de menos, demasiado, a Madrid, a todas las sensaciones que tenía en la capital, a todas las personas que lo hacían posible.
Y me pregunto todo lo que no me tengo que preguntar.
Las decisiones nos llevan a donde estamos hoy en día, el arrepentimiento no nos lleva a ninguna parte porque ya elegimos en su momento. Por eso, y porque si tomé una decisión en un momento oportuno fue por algo, y sigue siendo por algo, no me gusta arrepentirme. No es que me arrepienta de estar aquí todo el año. Se trata de echar mucho de menos. Y duele.
En Madrid estaba muy bien, no tenía quejas, ni quería huir. Entonces, cuando te vas a explorar otra ciudad que amas, no es lo mismo, una parte de ti se queda, y es la que no para de decirte que vuelvas. Y cuando te preguntan cuando lo harás, contestas sin saberlo, porque ahora, no lo sabes. Y sin fecha próximas echas más de menos todo lo que tuviste en los brazos.
Mucho más de lo que pensé.
Y así, no.
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